Economia

Hogares pobres vuelven al carbón por alza del gas

El cierre del Estrecho de Ormuz, desencadenado por el conflicto en Irán, ha sacudido los mercados energéticos globales con una intensidad que la Agencia Internacional de Energía calificó como “el mayor desafío de seguridad energética de la historia”. Sus consecuencias, sin embargo, no se sienten únicamente en las bolsas de valores ni en los corredores diplomáticos: se sienten en las cocinas de millones de familias en África, Asia y, de manera creciente, en el Caribe.

En Nigeria, el precio del gas de cocina subió un 14.3% en un solo mes. En Sudáfrica, el GLP se encareció hasta un 150%. En India, el segundo mayor importador mundial de este combustible, el gobierno tuvo que reintroducir el queroseno y autorizar el uso de carbón en restaurantes, revirtiendo años de política de combustibles limpios. En Tanzania, los precios del combustible alcanzaron máximos históricos en abril.

La consecuencia directa es un retorno masivo a la leña y el carbón vegetal. Un estudio de la Universidad de Leicester confirmó que los bosques africanos han pasado de ser sumideros de carbono a emisores netos, con pérdidas de aproximadamente 106 mil millones de kilogramos de biomasa al año. Paula Kahumbu, directora de WildlifeDirect en Nairobi, advirtió que “cuando el GLP o la electricidad se vuelven demasiado costosos, las familias regresan a la leña y el carbón, a pesar de su impacto ambiental”.

¿Y la República Dominicana?

La República Dominicana no es ajena a este fenómeno. El país importa la mayor parte de los combustibles que consume, y cualquier perturbación en los mercados globales se traduce casi de inmediato en aumentos en la bomba y en los hogares. El GLP, ampliamente utilizado para cocinar, ya venía experimentando presiones inflacionarias antes del conflicto. Con la crisis actual, el impacto es doble: encarecimiento del gas doméstico y aumento en el costo de generación eléctrica, que a su vez presiona las tarifas de luz.

Para los sectores de menores ingresos, que destinan una proporción mayor de su gasto a energía y alimentos, el efecto es regresivo. El riesgo de que familias en zonas rurales y periurbanas retornen al uso de carbón vegetal y leña es real, lo que agravaría la ya crítica situación de deforestación que enfrenta el país. La República Dominicana ha perdido cobertura boscosa de manera sostenida en las últimas décadas, y una mayor demanda de biomasa como combustible podría acelerar ese proceso.

El FMI advirtió que todos los escenarios derivados del conflicto apuntan a “precios más altos y menor crecimiento”, con los países de bajos ingresos como los más vulnerables. Para la economía dominicana, cuyo crecimiento depende en parte del turismo y la inversión extranjera, una escalada sostenida en los costos energéticos representa un freno a la competitividad y un riesgo real para la estabilidad macroeconómica.

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