Chatbots, ¿el terapeuta del siglo XXI?
Dos tercios de usuarios buscan apoyo emocional en la IA

Un nuevo informe de la revista TIME, basado en el Global Dialogues Index 2025 del Collective Intelligence Project, revela que el 67% de los usuarios regulares de inteligencia artificial recurre a un chatbot en busca de apoyo emocional al menos una vez al mes. El 15% lo hace a diario y el 43% semanalmente. Estos datos no son solo una estadística global: son un espejo del cambio silencioso que también ocurre en América Latina y, por extensión, en la República Dominicana.
Lo que dice América Latina
Aunque el estudio global no desglosa datos específicos por país caribeño, investigaciones regionales arrojan luz sobre el fenómeno en nuestra área. Según un estudio de Kaspersky realizado en noviembre de 2025, el 21% de los latinoamericanos que usa herramientas de IA afirma hablar con chatbots cuando se siente triste o decaído. La tendencia es más pronunciada entre jóvenes: a nivel global, el 35% de la Generación Z y los millennials acude a estas herramientas en momentos de malestar emocional, frente al 19% de mayores de 55 años.
En el contexto dominicano, esta tendencia adquiere una dimensión particular. La escasez de psicólogos en el sistema público de salud continúa siendo una preocupación estructural, lo que convierte a la IA en una alternativa accesible y disponible las 24 horas para miles de ciudadanos que no tienen acceso a atención especializada. No se trata de un capricho tecnológico: es, en muchos casos, la única opción disponible.
Una infraestructura emocional sin regulación
La neurocientífica Zarinah Agnew, directora de investigación del Collective Intelligence Project, describe este fenómeno como “infraestructura emocional a escala”. Y la escala, efectivamente, es alarmante: un análisis de casi 40 millones de interacciones de ChatGPT identificó aproximadamente 490,000 usuarios con dependencia emocional creciente en una sola semana. El 58% de los encuestados globalmente afirma confiar más en su chatbot que en sus representantes electos.
Lo que amplifica la preocupación es que el diseño de estos sistemas no es neutral. Cada decisión —la memoria conversacional, las respuestas personalizadas, la disponibilidad permanente— está optimizada para el engagement, no necesariamente para el bienestar del usuario. Uno de cada siete encuestados a nivel global reportó conocer a alguien que experimentó distorsiones de la realidad como consecuencia del uso intensivo de IA.
El vacío regulatorio en República Dominicana
En República Dominicana, el senador Omar Fernández presentó en 2025 un proyecto de ley que busca establecer un marco jurídico-regulatorio para el uso de sistemas de inteligencia artificial en el país, con énfasis en derechos fundamentales, transparencia y ética. Sin embargo, la pieza aún se encontraba en análisis en comisión al momento de su presentación, lo que deja un vacío significativo frente a la velocidad con que la IA se integra en la vida cotidiana dominicana.
Expertos legales como Gilberto Objío, de la firma senior associate local, advierten que los principales desafíos están en la privacidad de datos, la transparencia y la rendición de cuentas. Mientras la regulación avanza lentamente, los dominicanos —especialmente los jóvenes— ya están compartiendo sus pensamientos más íntimos con algoritmos diseñados en el exterior, sin saber con certeza cómo se almacenan ni cómo se utilizan esos datos.
¿Herramienta o sustituto?
La pregunta central no es si la IA puede ofrecer alivio emocional —claramente puede hacerlo en ciertos contextos—, sino bajo qué condiciones y con qué salvaguardas. Rosalind Picard, pionera en computación afectiva del MIT, fue directa: “Creo que podríamos tener una crisis entre manos.” La IA puede ser un complemento valioso en entornos con acceso limitado a salud mental, como ocurre en gran parte del territorio dominicano, pero sustituir el cuidado humano por algoritmos sin regulación ni supervisión clínica representa un riesgo real.
El 20% de los usuarios globales continuaría recurriendo a la IA para apoyo emocional incluso sabiendo que la interacción no es “genuina”. Eso no habla de ingenuidad: habla de necesidad. Y esa necesidad merece una respuesta seria, tanto desde el diseño tecnológico como desde la política pública.



