Alimentación escolar: el debate sobre cocinas en planteles
Alimentación que mejora el aprendizaje

La propuesta de recuperar y ampliar las cocinas dentro de los centros educativos dominicanos vuelve a colocar la alimentación escolar en el centro del debate público. La discusión no se limita a decidir dónde se prepara un almuerzo: involucra nutrición, inocuidad, aprendizaje, salud infantil, compras públicas, empleo local y la confianza de las familias en el Programa de Alimentación Escolar.
Diversas voces plantean que cada escuela cuente progresivamente con una cocina, personal capacitado, agua potable, equipos adecuados y condiciones sanitarias para preparar los alimentos en el propio plantel. La idea es que los estudiantes reciban comidas calientes, frescas, supervisadas y ajustadas, en la medida de lo posible, a los hábitos alimentarios y la producción de cada comunidad.
El tema ya forma parte del proyecto de Ley de Alimentación y Nutrición Escolar, una iniciativa que ha sido discutida en el Congreso y que plantea la instalación gradual de cocinas en centros educativos. En los planteles donde no sea viable contar con una cocina propia, la propuesta dispone que los alimentos se elaboren en establecimientos ubicados a no más de 1,000 metros de distancia, con el propósito de mejorar el control de calidad y reducir riesgos de contaminación durante el traslado.
Más que un almuerzo
Una alimentación escolar adecuada no es un servicio secundario. Para muchos estudiantes, especialmente quienes asisten a la Jornada Escolar Extendida, representa una parte importante de su alimentación diaria. Cuando la comida es nutritiva, suficiente, segura y aceptada por los niños, puede contribuir a su energía, concentración, asistencia y disposición para aprender.
El INABIE contempla para el año escolar 2026-2027 un menú con arroz, legumbres, carnes, huevos, pescado, vegetales y frutas, organizado en una rotación de cinco semanas y con preparaciones distintas cada día. Entre las opciones anunciadas figuran arroz con vegetales, pollo guisado, lentejas, sardinas, ensaladas, huevos horneados, frutas, pastelón de plátano maduro y sancocho.
Sin embargo, un menú bien diseñado en papel necesita una ejecución de calidad para cumplir su propósito. La forma de preparación, el tiempo de transporte, la temperatura de los alimentos, la higiene, las porciones y la aceptación de los estudiantes son factores que pueden determinar si un plato termina siendo aprovechado o desperdiciado.
Cocinar en la escuela puede ofrecer una ventaja práctica: permitir una supervisión más cercana de cada etapa, desde la recepción de ingredientes hasta el servicio final.
Beneficios potenciales
La instalación de cocinas escolares no garantiza automáticamente alimentos mejores. Requiere gestión, inversión, controles sanitarios y capacitación permanente. Pero, si se implementa con estándares claros, puede aportar beneficios relevantes.
El proyecto de ley también contempla guías de alimentos y bebidas saludables, menús que tomen en cuenta la producción local por temporada y región, así como restricciones a productos ultraprocesados, altos en azúcar o sodio, y bebidas azucaradas no saludables dentro de los entornos escolares.
Esta visión permite pensar la alimentación escolar como una herramienta educativa. Un estudiante no solo recibe un plato de comida: también puede aprender sobre higiene, frutas y vegetales, agricultura familiar, reducción de desperdicios, consumo responsable y la importancia de una dieta variada.
Cocinas, huertos y comunidad
Ya existen experiencias que muestran cómo puede funcionar una estrategia más integrada. En abril de 2026, el INABIE y la FAO inauguraron ocho cocinas escolares, ocho huertos pedagógicos y dos sistemas de captación y aprovechamiento de agua de lluvia en centros educativos de Monte Plata. El proyecto se presentó como una forma de fortalecer el Programa de Alimentación Escolar y promover entornos más saludables y sostenibles.
Antes de esta iniciativa, también se desarrollaron laboratorios gastronómicos y programas de capacitación para manipuladores de alimentos en regionales educativas como San Juan, Azua, Monte Plata, Santiago y La Vega. Estos esfuerzos buscan mejorar la preparación, la gestión de alimentos y las capacidades técnicas de quienes participan en el programa.
El vínculo entre cocina y huerto escolar puede ser especialmente valioso. Un huerto no sustituye la compra regular de alimentos para una matrícula amplia, pero sí puede ayudar a que estudiantes y docentes comprendan de dónde vienen los alimentos, conozcan cultivos locales y participen en actividades prácticas de educación ambiental y nutricional.
Por ejemplo, una escuela podría vincular el cultivo de ajíes, cilantro, tomate o plantas aromáticas con clases de ciencias, hábitos de higiene y preparación de recetas sencillas. Esa experiencia convierte la alimentación en parte de la formación, no solo en una entrega diaria de raciones.
Retos de implementación
La propuesta enfrenta retos reales. Instalar cocinas exige recursos para infraestructura, ventilación, equipos, refrigeración, gas o energía, agua potable, manejo de residuos, almacenamiento, control de plagas y mantenimiento. También requiere personal capacitado en manipulación segura de alimentos, nutrición, limpieza, prevención de incendios y gestión de inventarios.
Otro punto sensible es el impacto sobre suplidores actuales. El debate legislativo ha incluido objeciones de empresas proveedoras que consideran que ciertos artículos podrían afectar su operación y empleos. Algunas organizaciones han solicitado modificaciones al proyecto, en especial sobre los plazos de transición y la responsabilidad de administrar las cocinas escolares.
Una transición responsable tendría que evitar dos extremos: mantener un sistema que no alcance los estándares deseados de calidad y seguridad, o imponer un cambio sin planificación que interrumpa el servicio de alimentación a estudiantes.
Para que el modelo funcione, sería necesario avanzar de forma gradual y medible:
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Priorizar centros con matrícula alta, jornada extendida, condiciones físicas favorables y acceso confiable a agua potable.
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Establecer estándares nacionales de diseño, equipamiento, higiene, almacenamiento, refrigeración y seguridad.
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Capacitar y certificar al personal que manipule alimentos.
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Diseñar mecanismos transparentes de compras públicas que integren productores y mipymes locales.
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Mantener inspecciones sanitarias, auditorías de calidad y canales de denuncia accesibles.
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Medir aceptación del menú, desperdicio, asistencia, costos, seguridad alimentaria y satisfacción de las familias.
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Incluir una transición clara para suplidores existentes, con oportunidades de adaptación y participación local.
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Garantizar presupuestos sostenibles para operación, mantenimiento y reposición de equipos.
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La discusión de fondo no es nostalgia por las antiguas cocinas escolares. Es la posibilidad de construir un sistema moderno de alimentación escolar que ponga al estudiante en el centro: comidas nutritivas, seguras, culturalmente pertinentes y preparadas bajo condiciones que puedan ser supervisadas.
Recuperar cocinas en las escuelas puede ser una oportunidad para mejorar la nutrición y apoyar el aprendizaje. Pero su éxito dependerá menos de la instalación física y más de la calidad de su implementación: personal formado, agua segura, transparencia, supervisión, participación comunitaria y una política pública sostenida en el tiempo.



