¿Puede la sucesión presidencial convertirse en el principal desafío del PRM?

La historia política dominicana demuestra que las grandes derrotas electorales no siempre provienen de la fuerza de la oposición. En muchas ocasiones nacen de las divisiones internas de los partidos gobernantes cuando llega el momento de escoger sucesores.
A medida que se acerca el ciclo electoral de 2028, el Partido Revolucionario Moderno (PRM) enfrenta una realidad que comienza a despertar debates dentro y fuera de sus estructuras: la coexistencia de varios liderazgos presidenciables con fortalezas distintas y bases de apoyo que no necesariamente coinciden.
Las encuestas publicadas durante los últimos años han mostrado una tendencia consistente: el ministro de Turismo, David Collado, aparece encabezando gran parte de las preferencias dentro del oficialismo. Paralelamente, la alcaldesa del Distrito Nacional, Carolina Mejía, mantiene una importante presencia política sustentada en una conexión cercana con sectores populares y en una imagen de liderazgo territorial construida durante años.
La aparente contradicción entre percepción pública y mediciones electorales ha generado múltiples interpretaciones. Mientras algunos observadores destacan la capacidad de empatía y cercanía de Carolina Mejía, otros señalan que David Collado ha logrado posicionar una imagen asociada a la eficiencia administrativa y la gestión pública, atributos que suelen tener una alta valoración en períodos de estabilidad económica y gubernamental.
Sin embargo, más allá de quién encabece las preferencias, el verdadero desafío podría surgir después de la competencia interna. La experiencia comparada en América Latina demuestra que las primarias y convenciones suelen ser exitosas cuando el liderazgo derrotado se integra plenamente al proyecto ganador. Cuando eso no ocurre, las fisuras internas terminan generando oportunidades para la oposición.
La historia dominicana ofrece precedentes relevantes. Durante diferentes etapas del sistema de partidos, conflictos internos han debilitado organizaciones que parecían electoralmente invencibles. La unidad posterior a los procesos de selección ha sido, en muchos casos, tan importante como la popularidad del candidato escogido.
En este contexto emerge una figura que continúa siendo determinante dentro del oficialismo: el presidente Luis Abinader. Aunque constitucionalmente no puede optar por una nueva repostulación bajo las reglas actuales, sigue siendo el dirigente con mayores niveles de liderazgo e influencia dentro de la coalición gubernamental. Su papel como árbitro político, articulador de consensos y garante de la cohesión interna podría resultar decisivo para preservar la unidad del PRM y de la alianza RD Avanza.
La gran interrogante de cara a 2028 no parece ser únicamente quién será el candidato oficialista. La pregunta verdaderamente estratégica es si el partido gobernante será capaz de transformar la competencia interna en una demostración de fortaleza o si, por el contrario, esa competencia abrirá espacios que permitan a la oposición regresar al poder.
La política dominicana ha enseñado repetidamente que las elecciones no siempre las gana quien tiene más simpatías individuales, sino quien logra construir la mayor unidad colectiva. Quizás ahí resida la principal prueba que enfrentará el oficialismo en los próximos años.



