EE.UU. e Irán: ¿Una guerra sin estrategia de salida?
¿Puede el poderío aéreo cambiar un régimen? Analistas lo dudan

Cuando el presidente Donald Trump anunció el inicio de “operaciones de combate mayores” contra Irán el 28 de febrero de 2026, la maquinaria militar de Estados Unidos ya cargaba con una advertencia interna que pocos en la opinión pública conocían: el propio jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine, había alertado en reuniones en la Casa Blanca que las reservas de municiones críticas estaban agotadas tras años de apoyo a Israel y Ucrania, y que un conflicto sostenido podría durar apenas cuatro o cinco días de ataques intensivos.
Las señales de alarma no venían solo del Pentágono. Aliados del Golfo Pérsico, incluidos Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, se negaron a permitir el uso de su espacio aéreo para operaciones ofensivas, complicando severamente la logística de la campaña. Sin respaldo regional y con inventarios mermados, la ventana operativa de Washington lucía estrecha desde el primer día.
Pero el debate más profundo no es logístico, sino estratégico. Analistas de organizaciones como el Council on Foreign Relations y la Foundation for Defense of Democracies advierten que la superioridad aérea es una condición militar, no un resultado político. Destruir infraestructura iraní no equivale a desmantelar al régimen de los ayatolás ni a la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), un conglomerado militar y económico valuado en más de 100 mil millones de dólares, diseñado estructuralmente para sobrevivir ataques de decapitación de liderazgo.
Irán, por su parte, dispone de un arsenal asimétrico formidable: misiles y drones capaces de golpear infraestructura regional, proxies armados en varios países, operaciones cibernéticas y la capacidad de interrumpir el tráfico en el Estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20% del consumo mundial de petróleo. Semanas antes de los ataques, la IRGC realizó ejercicios navales en el estrecho, cerrando temporalmente partes de la vía marítima en lo que Teherán describió abiertamente como una advertencia.
Los críticos en el Congreso señalan que la administración Trump nunca articuló con claridad por qué este momento era el adecuado para abrir otro frente bélico en Medio Oriente. El representante Jim Himes, el demócrata de mayor rango en el Comité de Inteligencia de la Cámara, cuestionó públicamente la ausencia de objetivos definidos. Otros ex funcionarios del Pentágono advirtieron que una campaña prolongada erosionaría la capacidad de respuesta de EE.UU. ante otros conflictos simultáneos.
El precedente más reciente no es alentador. En 2025, la campaña contra los hutíes de Yemen le costó a Washington cerca de mil millones de dólares solo en el primer mes, resultó en la pérdida accidental de dos aviones de combate y terminó en un acuerdo que dejó las capacidades militares del grupo esencialmente intactas. La pregunta que muchos analistas se hacen hoy es inevitable: ¿está EE.UU. repitiendo el mismo error a una escala mucho mayor?
La tensión central de esta campaña permanece sin resolver. Estados Unidos puede destruir lo que logre localizar. Lo que no puede garantizar es que esa destrucción produzca el resultado político que Washington dice buscar. La historia de las campañas aéreas modernas sugiere que rara vez lo hace.



