Juan Ramón Guzmán defiende la soberanía de Venezuela en México
Patriotismo venezolano ante la amenaza imperial

La defensa inquebrantable de la soberanía venezolana
Juan Ramón Guzmán pronunció un mensaje contundente durante la asamblea del Movimiento Nacional por la Esperanza en México, convocando a la unidad latinoamericana frente a amenazas imperiales. El acto de solidaridad con Cuba, Colombia y Venezuela reunió a representantes diplomáticos y activistas en Iztapalapa el 23 de noviembre de 2025.
Lecciones históricas de resistencia anticolonial
Guzmán invocó episodios clave de la historia venezolana para ilustrar la capacidad de resistencia del pueblo ante invasiones extranjeras. Recordó la expedición del mariscal Pablo Morillo en 1815, quien llegó con 60 naves y 15 mil soldados desde España para “pacificar” Venezuela, pero fue derrotado por Bolívar en 1820. El hundimiento del San Pedro Alcántara frente a las costas de Margarita simboliza la determinación histórica venezolana ante fuerzas aparentemente invencibles.
El peligro de la fragmentación territorial
El analista político venezolano advirtió sobre los planes de desmembramiento del país en tres repúblicas separadas: la República del Orinoco, la República del Zulia y una cuarta república con los territorios restantes. Esta estrategia imperial buscaría apropiarse de los recursos naturales, biodiversidad y posición geoestratégica de Venezuela, destruyendo su cohesión nacional. Guzmán enfatizó que la configuración actual de Venezuela representa un obstáculo permanente para el saqueo sistemático de sus riquezas.
Compromiso personal con la resistencia patriótica
Dirigiéndose a la embajadora venezolana Stella Marina Lugo Betancourt de Montilla, Guzmán expresó su disposición a poner las contradicciones políticas momentáneamente a un lado ante el peligro que enfrenta la patria. Reafirmó su defensa incondicional de la memoria del Comandante Hugo Chávez y su aspiración a una revolución socialista triunfante donde el proyecto comunal sustituya al Estado liberal burgués. Declaró preferir morir resistiendo antes que presenciar la disolución de Venezuela.
A continuación el mensaje completo:
MENSAJE DE JUAN RAMÓN GUZMÁN A LA ASAMBLEA DEL MOVIMIENTO NACIONAL POR LA ESPERANZA, MÉXICO
ACTO DE SOLIDARIDAD CON CUBA, COLOMBIA Y VENEZUELA
Buenas tardes compañeros y compañeras presentes
A René Bejarano, gracias por tu invitación, compañero
Diputada federal Dolores Padierna
Compañera Stella Lugo de Montilla
Embajadora de Venezuela en México
Camarada José Maury
Consejero Político de la Embajada de Cuba en México
Compañero Daniel Leones
Del Movimiento de Colombianos en México, Col-Paz
¿Qué nombre más bonito, no? ¡Movimiento Nacional por la Esperanza! René… Diputada Dolores… ¿En qué poeta mexicano se inspiraron con el nombre? ¿Sabines? ¿Pellicer? ¿Bañuelos? Pues la fusión de idealismo y realidad sólo se le puede ocurrir a un poeta. Imagínense a un tesoro inmaterial como la esperanza tomando cuerpo territorial mientras se mueve con vida propia. Bueno… a René le gusta embellecer con poemas a las clases magistrales que nos da cada vez que nos habla.
Seré breve. No se asusten. No les voy a hablar de “El caballo de Ledesma” de Mario Briceño-Iragorry ni de La Batalla de Maracapana. Aunque debería, porque sí les voy a hablar de patria.
Alí Primera, el Cantor del Pueblo Venezolano, el hijo ilustre oriundo de la tierra de donde es nuestra embajadora Stella Lugo, una vez nos dijo, “la opresión está reunida en masa bajo un solo estandarte y si la lucha por la libertad se dispersa no habrá victoria popular en el combate”.
Los venezolanos y las venezolanas de hoy debemos aprender de las heroicas lecciones que nos legaron como patrimonio los venezolanos y las venezolanas del pasado. Debemos acudir a su luz, a su leche materna, a su entendimiento, de modo de conseguir caminos que nos allane el horizonte en nuestro comportamiento para preservar y garantizar la existencia de nuestra patria.
No es la primera vez que un imperio inmoral acosa a nuestras costas con una armada formidable y en apariencia… invencible.
En 1815, a tan sólo unos meses de caer nuestra Segunda República, el rey Fernando VII envió a uno de sus mejores generales con el mandato expreso “de pacificar” a Venezuela. Con el mariscal Pablo Morillo “El Pacificador”, vinieron 42 buques de guerra y 18 barcos de transporte (en los que traían caballos, cañones, municiones, provisiones, alimentos y pertrechos), 15 mil soldados probados en sus indistintas y eternas guerras de la época, que, cual péndulo, España siempre mantuvo contra Francia e Inglaterra. Igual como esa armada yanqui de hoy de numerosos destructores, aviones, misiles y submarinos a propulsión nuclear, que se hace acompañar del USS Gerald Ford, el portaaviones más grande del mundo, dicen; Pablo Morillo, no conforme con sus 60 naves y sus 15 mil hombres, se hizo acompañar del San Pedro Alcántara, la más preciada joya de la armada borbónica de aquel tiempo.
¿Quieren saber qué pasó? Vayamos a la Historia…
El San Pedro Alcántara yace desde hace dos siglos en el fondo del mar frente a las playas de Margarita, luego de ser incendiado y hundido, como la ofrenda más alta de nuestra gesta de independencia que pudieron darnos nuestros tatarabuelos y tatarabuelas. Pablo Morillo fue pacificado por Bolívar en 1820 bajo la firma de un tratado militar que es de referencia universal, y regresó a España mordiendo “el polvo de [nuestro suelo patrio] anegado en sangre” como dice Antonio Maceo en su determinante proclama cubana de lucha, con unos cuantos barcos y con apenas un puñado de hombres.
De aquellos 15 mil soldados del mariscal Morillo, con que salió de Cádiz en 1815, unos cuantos centenares fueron dispersados a los distintos ejércitos realistas de la época, pero la inmensa mayoría de ellos, y esto es bueno recordarlo y decirlo, y retomo al Titán de Bronce y a su vigente proclama, la inmensa mayoría de ellos pereció en combate.
Recordemos a aquella proclama completa, aprovechando que hay cubanos y cubanas en este evento y realcemos a lo hondo de su voluntad de lucha inspiradora: “Quien intente apoderarse de Cuba recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en combate”.
Sigamos rápida y brevemente en la Historia.
En la invasión a Venezuela de 1902, los viejos colonialismos europeos, se encontraron con un hecho curioso y particular, donde nuevamente aquellos y aquellas compatriotas nuestros y nuestras, vuelven y nos plenan de orgullo y lucidez. El gobierno del general Cipriano Castro, que no reconocía una deuda a Europa y se negó a pagarles –y fue el motivo de aquella invasión–, abrió las puertas de las cárceles a sus opositores, de modo que se unieran a los combatientes que resistían a aquel zarpazo imperial. Una vez resistida y pasada la invasión, Castro decretó la libertad de todos. Unos se integraron al gobierno y otros regresaron a la legalidad de su vida civil. Pero hubo algunos cuantos, que, y aquí está lo curioso y lo particular de este episodio histórico, no aceptaron la libertad que El Cabito les concedía y exigieron regresar a sus celdas después de combatir. Primero la patria, antes que la suerte personal. Pero, ésos fueron aquellos opositores, guardo una profunda duda en que sus pares de hoy sean de tal madera.
Lo que no entienden los venezolanos y las venezolanas vendepatrias, es que si los yanquis por medio de la violencia armada ponen un pie en nuestra tierra, nunca se irán de Venezuela. No es un cambio de régimen, como esos miserables creen y están convencidos, que vendrán para colocarles en el poder. ¡No! Vendrán para disolver a Venezuela, tipo Yugoslavia. El proyecto imperialista acariciado desde hace cerca de un siglo, es el de secesionar a Venezuela. Ése es el enorme peligro y riesgo que corremos. Que de Venezuela surjan por lo menos tres países distantes y extraños, e incluso que se odien entre sí. La República del Orinoco (que le regalaría El Esequibo a Guyana), La República del Zulia (que si bien la tienen proyectada desde hace 70 años con el occidente de nuestro país, oigan camaradas colombianos y colombianas presentes, que es con ustedes, no ha caminado ni tenido éxito, pues implica en la visión imperial yanqui arrebatarle completos 7 departamentos a Colombia, y en eso ha sido impedimento, por sus propios intereses y no por patriota, la rancia oligarquía neogranadina y santanderista. ¿Otra curiosidad de la Historia, no? Huelga decirles, que ésta es la soñada república de los narcotraficantes, de los contrabandistas y de los paramilitares) y al final, con los escombros que queden, se conformaría (o se retornaría, mejor dicho) a una especie de IV República, que en lo absoluto llevaría el nombre de Venezuela. Agua abundante, biodiversidad, recursos gigantescos incalculables y posición geoestratégica, serían los manjares que les pulsionan e impulsan a esa locura de querer reducirnos a tres pedazos.
Para el robo y el saqueo de sus recursos, la configuración como tal de Venezuela actualmente no les interesa, pues siempre será un foco de rebelión emancipadora. El objetivo de ellos, de los imperialistas me refiero, donde no cuentan para nada a la opinión de sus lacayos locales por cierto, es partir nuestra riqueza, partir nuestra historia y partir nuestro pueblo, y eso sólo se logra partiendo a nuestro territorio. Y ese plan imperial, debemos impedirlo a toda costa, suframos lo que suframos y cueste lo que nos cueste.
En esta aventura también está presente la mentira como forma de aniquilamiento y desprestigio moral. Venezuela no produce, no distribuye, no comercializa y no consume drogas. Esto es importante que lo digamos y lo repitamos hasta la saciedad. La batalla moral es la antesala a la batalla física y violenta.
Como el Libertador Simón Bolívar en 1818 en el Orinoco, cuando le dijo al procónsul yanqui, “sepa, mister Irving, que así como la mitad de la población de Venezuela ha muerto en los campos de batalla, la otra mitad está deseosa de correr igual suerte. Y lucharemos solos contra el mundo, si el mundo nos ofende”. O como en Pativilca en 1824, cuando acosado por las derrotas y las enfermedades, Bolívar, aquel monumental y diminuto ser de otro planeta y de muchos tiempos humanos, gritó a todos y a todas: “¡Triunfar, no tenemos otra opción que triunfar!”
Para finalizar, señora embajadora Stella Marina Lugo Betancourt de Montilla, mi querida camarada y amiga, usted me conoce de muchos años, infórmele por favor al gobierno venezolano, que representa ante este hermano, generoso y gran país, que podrán haber todas las contradicciones de forma y de fondo acerca de la conducción del mismo desde la perspectiva revolucionaria; hablo por mí nada más y por mí nada más respondo ante la Historia, ante estas horas de peligro que corre nuestra patria, esas contradicciones quedan momentáneamente a un lado, hasta que se disipe el peligro. Dígale que en mí conseguirá a un patriota. Dígale que he sido, soy y seré hasta el último día de mi vida un defensor acérrimo, a ultranza y por cuenta propia de la memoria del Comandante Hugo Chávez Frías. Dígale que sueño con –y no me quiero morir sin ver a– una Revolución Socialista Triunfante en Venezuela, donde el proyecto comunal destruya de una vez por todas y para siempre al viejo Estado liberal burgués, donde la democracia revolucionaria y sus métodos de equidad y justicia sean el pilar fundamental para todo y donde los intereses de la clase trabajadora y la protección irrestricta del ambiente marquen a su futuro y a su porvenir. Dígale, por favor, que ante una invasión armada yanqui a nuestro país, de darse y de concretarse, yo preferiría morir resistiendo, antes que seguir viviendo con la indignidad de que mis ojos vieron la disolución y descuartizamiento de Venezuela. Dígale que ésa es mi vida, que ésos son mis sueños y que si fuese necesario el caso, prefiero, repito, que ésa sea mi muerte.
He terminado mi mensaje.
Muchas gracias a todos y a todas por oírme.
Iztapalapa, Ciudad de México, 23 de noviembre de 2025 – 1:25 p.m.



